Raúl Domene

Me ha despertado un ruido familiar, es una llave combinada de 12 milímetros al golpear contra el suelo del taller. Me he vuelto a quedar dormido leyendo el número 449 de la revista Motor 16, trae el nuevo Renault 19 en la portada. El sueño me ha vencido esperando en la oficina a que mi padre termine su jornada laboral que, al ser el jefe y único empleado, se ha alargado como de costumbre. Corría el año 1998, yo tenía entonces 12 años y pasaba todas las tardes después del colegio en el taller mecánico de mi padre.

Me asomé al ventanuco y vi a mi padre tirado en el suelo boca arriba, pero no estaba debajo del Seat 124 que estaba terminando de reparar. Corrí desesperadamente hacia la puerta de la oficina pero al agarrar el pomo de la puerta me dí cuenta de que tal vez lo mejor sería llamar a urgencias, volví a la mesa y descolgué el teléfono. Menos mal que mi padre decidió cambiar el viejo teléfono estilo góndola con marcador giratorio por un moderno modelo de teclado numérico, porque según supe después esos primeros segundos fueron cruciales. Mientras marcaba el 112 me vino a la cabeza la imagen de Doña Margarita escribiendo en la pizarra de clase los 3 números, mientras un hombre con el cuerpo lleno de bandas reflectantes nos explica qué hacer en caso de emergencia.

No soy capaz de calcular el tiempo que pasó desde que solté el teléfono hasta que el sonido de la ambulancia me rescató de mi estado de congelación, tras bajar las escaleras a toda prisa y atravesar el foso de un salto que, para mi altura de entonces, adornado por la fantasía de mis recuerdos,  era como saltar de un lado al otro de un río. En situaciones extremas la adrenalina nos ayuda a hacer cosas que jamás podríamos imaginar. Caí de rodillas delante de mi padre para frenar la inercia del salto y ahí me quedé congelado mirando su rostro  inerte.

A mi padre tuvieron que operarle tras su ataque al corazón, gracias a la rápida asistencia de los servicios de urgencias pudo salvar la vida que, a partir de ese día, nunca volvería a ser igual para ninguno de nosotros. Aunque él bromeaba diciendo que le habían colocado una válvula de inyección nueva y que ya tenía al menos para otros cien mil kilómetros, desde aquel incidente nunca volvió a ser el mismo.

Ese hombre que me enseñó todo acerca del funcionamiento de un coche, empezó a perderfacultades, al principio sólo parecía estar fatigado al final de la jornada, más que de costumbre, pero después empezó a olvidar cosas, a no ser capaz de recordar lo que tan magistralmente me había enseñado. Los dos primeros años, yo mismo me encargué de recordarle las tareas que olvidaba, mi madre vino a ayudarle en la oficina, le obligamos a rellenar hojas con las averías que tenía cada coche para que pudiera consultarlas cuando le fallaba la memoria, el se negaba, no era capaz de admitir que estaba perdiendo facultades y yo, siempre que podía, estaba a su lado para tomar nota de todo lo que hacía y decía.

Después durante los dos años siguientes  mi madre acabó encargándose de atender a los clientes y yo de los coches, ya que mi padre cada vez estaba más despistado y se fatigaba con más facilidad. Mi padre siempre dijo que yo tenía un don especial con los motores, un sexto sentido, y una agilidad deslumbrante con las herramientas, una sexta marcha, todo lo que sé lo aprendí de él, y de las revistas y libros que tenía en la oficina. A los 9 años ya había leído todos los libros de mecánica del taller y de la biblioteca municipal, con 14 años no había reparación que no hubiera visto hacer a mi padre, para mí verlo manejar una llave allen era como ver a un mago con una varita, era mi referente, el motor de mi infancia. Y en el fondo él tenía razón, para mí el taller era como un parque de atracciones, y las herramientas mis juguetes, por lo que, a base de jugar e imaginar en mi cabeza todas las tardes con los coches del taller, desarrolle una curiosa habilidad: con solo escuchar el motor de un coche podía adivinar cual era la avería. Compaginaba los estudios con el taller hasta que cumplí los 16 años, para entonces, yo me encargaba de los clientes, los proveedores y de las reparaciones.

Cuando pude dedicarle todo mi tiempo al taller, toda la comarca sabía de mi habilidad para las reparaciones. Cuando en otros talleres de la zona daban por imposible una reparación, los clientes acudían a mí para una segunda opinión y yo, con tan solo escuchar el ruido del motor, les daba una solución a su problema y, lo más importante de todo, les reparaba su coche por un módico precio. Para entonces la mayoría de vehículos nuevos ya se conectaban a un ordenador para diagnosticar las averías, lo que hizo que me dedicara más especialmente a vehículos no tan nuevos. He de reconocer que los ordenadores nunca han sido lo mío. Cuando el negocio empezó a funcionar a pleno rendimiento tuve que contratar a un empleado, un mecánico amigo de mi padre, aun así no dábamos abasto, mi madre tenía que encargarse de cuidar a mi padre, hasta que cuando yo cumplí los 18 años, justo el día después de mi cumpleaños, mi padre falleció. El hombre había aguantado solo hasta saber que yo ya era mayor de edad y podía o, como él decía, debía cuidar de mí mismo, aunque en realidad para entonces yo ya llevaba cuatro años cuidando de la familia y del negocio familiar. Él siempre decía que el motor era el corazón de un coche, el resto de órganos estaban conectados a él, si el motor no funcionaba, el resto tampoco. 

Dos años después de la muerte de mi padre, en un campeonato celebrado en el circuito del Jarama, enfrentándome a otros trescientos compañeros de profesión, todos mayores que yo, y tras superar dos fases, llegué a la final contra otros nueve mecánicos. Terminé una prueba con una duración prevista de cuarenta y cinco minutos en tan solo quince, convirtiéndome en el mejor mecánico de toda España con tan solo 20 años.